militantes del peronismo revolucionario uno por uno

PÁEZ, Roberto.

El martes 16 de junio de 2015, falleció en Paris Roberto Páez, integrante de la Comisión de Economía de Carta Abierta, ex - secretario de Prensa de la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional y Popular de Buenos Aires en 1973/74 (gestión de Rodolfo Puiggrós) y destacado integrante de la generación sesentista del peronismo revolucionario. Tenía 71 años y llevaba dos de enfermedad. Mantuvo una razonable calidad de vida hasta el final. Su gran amigo Eduardo Gurucharri, nos dice de él: “Roberto Páez era porteño, nacido el 1º de enero de 1944 e hijo mayor del matrimonio de una dulce inmigrante gallega y un trabajador criollo y guitarrista. El primer peronismo ofreció a su familia una ampliación de horizontes que más tarde permitieron al adolescente encarar el exigente ingreso al Colegio Nacional “Carlos Pellegrini”. Militante de la Juventud Peronista en los años 60, actuó en la Juventud Revolucionaria Peronista (JRP) y en Económicas de la UBA fundó con Virginia Sanguinetti y Fernando Abal Medina el Movimiento Universitario Popular, que postuló el acercamiento del estudiantado a la clase obrera mayoritariamente peronista. Sin embargo, Páez terminó por juzgar excesivas tanto la radicalidad ideológica de la JRP de Gustavo Rearte como el giro guerrillerista  de Fernando Abal, y viró un tiempo hacia la ortodoxia de la Guardia de Hierro de los últimos 60, muy distante todavía de la derechización posterior. En 1971 Páez volvió a las fuentes, creó el periódico “FE en la Revolución Peronista”. “Por una patria justa, libre, soberana, socialista” proclamaba la portada – y con Carlos Suárez y Ana Lía Payró, los Centros Iberoamericanos para la Emancipación Nacional, vehículo de debates doctrinarios en los sindicatos afines al peronismo revolucionario con intelectuales como Juan José Hernández Arregui, artistas como Ricardo Carpani y sindicalistas como Jorge Di Pascuale. Se vivía la inminencia de grandes acontecimientos: el fin del exilio de Perón y el regreso al gobierno. Pero lo que aparentaba iniciar una era quedó en salida circunstancial de un grave conflicto que  pronto dejaría lugar a otro aún peor. El 31 de julio de 1974, semanas después de morir Perón y asumir el gobierno su viuda María Estela Martínez, el asesinato de Rodolfo Ortega Peña inequívocamente instigado por el superministro López Rega significó otro punto de inflexión en la vida nacional. “Sus compañeros en la tarea universitaria” publicaron en el diario Noticias una solicitada condenando el crimen. Eran apenas tres decenas; encabezados por el ex-rector de la UBA Rodolfo Puiggrós y Mario Kestelboim, decano de la Facultad de Derecho, y firmaban entre otros Páez, Suárez, Payró y Ana María Arregui. Setiembre del ‘74 fue un mes plagado de atentados de la Triple A. Se inició con el estallido de una bomba que arrancó de cuajo una de las puertas de acceso a la Facultad de Derecho, contigua a las oficinas de Kestelboim, el secretario académico Leonardo Franco y Páez. El día 27 de aquel mes, civiles identificados como policías se presentaron en el céntrico edificio donde vivía Páez y subieron con el portero hasta su departamento, sin poder encontrarlo. No regía el estado de sitio, no había orden judicial y la incursión ocurrió por la tarde, rato después del escandaloso secuestro del Dr. Silvio Frondizi y la simultánea muerte a balazos de su yerno al oponer resistencia, hecho ocurrido a plena luz del día en el barrio porteño de Almagro. Esa noche, un anónimo de la Triple A permitió ubicar en los bosques de Ezeiza el cuerpo acribillado del afamado intelectual y docente. Páez no era guerrillero ni miembro de alguna organización que justificara una militancia en la clandestinidad. Con el acuerdo de sus compañeros de agrupación decidió irse al exterior.  El 22 de octubre de 1974 llegó a Paris, “convencido de la obligación moral y política de denunciar lo que estaba sucediendo en el país”. Distaba de ser el único exiliado; las amenazas de la Triple A eran desgraciadamente muy creíbles. Con sus amigos Ricardo y Doris Carpani, comenzó contribuyendo a una presentación del caso argentino ante el Tribunal Russell. Luego de un paso y estadía por Venezuela, a fines de 1979, cuando parecía que la dictadura iba para largo, Páez volvió a Paris y pidió el refugio con la decisión de estabilizar su situación y terminar los estudios de Economía. Quizás no sospechaba entonces que más que eso, en lo personal le esperaba una nueva vida, aunque siempre alentando actividades relacionadas con su patria y en particular el reclamo permanente de justicia por los crímenes de la dictadura. Desde 1984 viajó periódicamente a la Argentina, pero recién en la última década ya jubilado pudo permitirse alternar seis meses aquí y seis en Francia. Ello coincidió con su resuelto apoyo a los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández, materializado en la participación en Carta Abierta y la colaboración con la embajada argentina en París. A lo escrito solo agregaré que él tuvo tres compañeras, dos casamientos y cuatro hijas, dos argentinas del primer matrimonio y del segundo dos francesas, cuya madre (Christine) lo acompañó en el último instante”. A todo lo que ha dicho con propiedad Eduardo Gurucharri, yo (Roberto Baschetti) puedo agregar que me hice amigo de Roberto Páez (le decíamos Ro-Ro) en cuanto nos conocimos, en una de sus venidas a Buenos Aires. Era un hombre afable, culto, respetuoso y daba gustar compartir con él –como lo hicimos más de una vez- largas charlas sobre política e historia, donde siempre me sorprendía con su inteligencia y con anécdotas y relatos que no gustaba a dar a conocer fácilmente, debido a esa modestia que lo acompañaba desde siempre. Doy fe que nunca abjuró ni renunció a su peronismo y muy por el contrario lo demostraba y ostentaba con orgullo en cuanto ocasión se presentara. La foto que ilustra esta reseña, nos muestra juntos, él como siempre con su camisa clara y su prolija melena blanca al viento, como un Rafael Alberti reencarnado. Lo voy a extrañar.