militantes del peronismo revolucionario uno por uno

ROQUÉ, Juan Julio.

Nacido en la provincia de Córdoba el 22 de junio de 1940. En 1958 realizó estudios en el Seminario Mayor de Córdoba. Docente secundario y rector de un colegio de enseñanza media. Licenciado en Ciencias de la Comunicación. En 1966 creó clandestinamente los “Comandos de Resistencia Santiago Pampillón” para operaciones de acción directa, las cuales se revelaron de suma importancia durante el Cordobazo de 1969. Será luego, también uno de los fundadores de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) en dicha provincia mediterránea y pasará a ser entonces, para sus compañeros, “Iván Roquin”, “Lino” ó “Mateo”. Recibió instrucción militar en Cuba y se reveló como un experto y certero tirador. Muchos dicen que debido a esa habilidad, mucho tuvo que ver con la muerte del torturador, general Juan Carlos Sánchez -Jefe del II° Cuerpo de Ejército- (1972. Rosario) y del burócrata sindical José Ignacio Rucci (1973. Buenos Aires). Contrajo matrimonio con Ana María Rodríguez, maestra de la escuela parroquial San Francisco de Asís de Córdoba. Se casó luego, en segundas nupcias con Gabriela “Mecha” Yofré (luego desaparecida). Tuvo tres hijos. Participó activamente en la campaña electoral que lleva a Cámpora al gobierno en mayo de 1973 y es uno de los principales animadores por lograr la unificación de las fuerzas revolucionarias peronistas. Fue detenido en febrero de 1973 y liberado por la amnistía en mayo del mismo año. Era un dirigente al que sus compañeros le tenían un gran respeto ya que lograba organizar y armonizar los más disímiles grupos. Decía en chiste, Roqué, “Lo único que yo se hacer es hacer que otros hagan”, Cayó en combate en la localidad bonaerense de Haedo, siendo miembro de la Conducción Nacional Montonera y en ese momento, el número uno en el país. Fue el 29 de mayo de 1977, en un nuevo aniversario del Cordobazo y el secuestro de Aramburu. Acorralado en una casa (de la calle El Ceibo N°1276) que es bombardeada con una tanqueta e inclusive ametrallada desde el aire con un helicóptero artillado, luego de un intenso tiroteo y ya sin balas, optó por hacerse explotar una bomba sobre su humanidad con el doble fin de no caer con vida y dificultar su identificación a los represores. Antes quemó toda la documentación que podía implicar la captura de algún compañero. Tenía 36 años. En la carta que escribió a su hijos para que fuera entregada en caso de que muriera, como ocurrió, dejó asentado por escrito que era lo que lo movía a luchar contra el sistema: “Descubrir el dolor ajeno y sentirlo como propio, es el primer paso para convertirse en revolucionario; desconfiar de las apariencias y buscar tenazmente la verdad, el segundo paso; vencer el miedo, el tercer paso. Yo recuerdo exactamente cuando comencé a convertirme en un revolucionario. Fue un día de invierno muy frío, en que un compañero de la escuela primaria se cayó casi congelado en la puerta del edificio donde estaban las aulas. Yo tendría 8 ó 9 años. Vi que ese chico tenía solo el guardapolvo escolar encima de una camisa rotosa. De pronto sentí una profunda vergüenza por mis ropas abrigadas, por mis zapatos y medias de lana. Sentí como si yo le hubiese quitado la ropa a ese chico. Su frío fue para mí un sufrimiento concreto. Sus manos y su cara morada y sus articulaciones rígidas me espantaron como la misma muerte. ‘Todos somos iguales ante la ley’, decía la maestra. Recuerdo que por esa fecha me empezó a parecer estúpido ser iguales para la ley, y no estar igualmente abrigados para aguantar el frío que era un problema mucho más inmediato y concreto. ‘Los argentinos somos ricos porque la Argentina es un país riquísimo’ seguía diciendo la maestra y citaba largas listas de producción de trigo, carne, azúcar y ventajosas ubicaciones en los rankings de producción en los países del mundo. Sin embargo yo conocía compañeros que no comían nada antes de caminar los cinco kilómetros que los separaban de la escuela, y que aguantaban el hambre hasta la tarde con una batata asada que les daban sus padres al salir de su casa. Esos padres trabajaban cultivando enormes trigales y cuidando centenares de vacas y no tenían más que una batata para darle a sus hijos. La riqueza estaba allí, sin ninguna duda, pero los que la creaban con su trabajo no eran tan ricos como decía la maestra”. El tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos.......pero su recuerdo no se diluyó ni se opacó, ni se esfumó. Su hija María Inés Roqué, exiliada y de larga estadía en México dirigió en 1995 y estrenó en Buenos Aires en 2004, un documental donde recrea la vida de su padre, titulado “Papá Iván”.