militantes del peronismo revolucionario uno por uno

TORRES, Edgardo Buenaventura.

“La familia Torres Retamar era una familia humilde como tantas otras de la zona rural de Mojones Norte en la provincia de Entre Ríos. El padre, la madre y seis hijos vivían en sus tierras, de una explotación familiar con algunos cultivos y animales, de la fabricación de los ladrillos que amasaba y vendía el padre y de la ropa que planchaba la madre. Los chicos iban a la escuela cuando podían, alguno de ellos todavía recuerda que conoció el calzado cuando fue por primera vez a clase, donde el estudio consistió solamente en aprender a leer y escribir”, es lo que puede leerse en especialespueblo.blogspot.com. Edgardo fue el segundo hijo de esa familia. Desde temprana edad ayudó a su padre en la fabricación de ladrillos anteriormente mencionada, volviéndose un experto en la materia. Con 14 años llegó a Buenos Aires y su primer trabajo fue en otro horno de ladrillos, hasta que cumplió los 23 y se casó con su novia Leticia Godoy que tenía 20. Su familia cariñosamente lo llamaba “El Chato”, apodo al que también recurrían para llamarlo sus compañeros, en los cuatro trabajos que llegó a tener –más de uno al mismo tiempo- con el fin de comprarse un terrenito para edificar: fueron ellos, dos hornos de ladrillos (detrás del cementerio de Monte Grande y otro cerca de Pontevedra), en la metalúrgica Santa Rosa en San Justo (provincia de Buenos Aires) y en la Química Mebomar. Leticia comenta que “lo que Edgardo quería era que su hijo el día de mañana tuviera algo, que no fuera como él, un peón… Era un hombre rebueno, muy sumiso, muy compañero, muy pegado a su hijo. Era muy trabajador”. En Mebomar entró a trabajar luego de sus hermanos Armando y Dardo. Rápidamente con éstos dos y otro compañero de apellido Sarraille (ver más adelante), se dieron cuenta que las condiciones de trabajo no eran las mejores; el trabajo era insalubre pero la jornada era de ocho horas, no se daba la copa de leche para contrarrestar los tóxicos, el pago de los sueldos era irregular y la atención médica era inadecuada (el médico de la fábrica respondía a la patronal que le pagaba su sueldo). Todo siguió igual hasta que un día fallece un compañero de trabajo de la construcción, que era de la sección Montaje, por un accidente. Estaba soldando un cono con treinta mil litros de sulfuro, cuando vino un supervisor, prendió los motores, movió las paletas y éste muchacho cayó en el líquido. Indignados, no aguantaron más. Formaron la nueva comisión interna gremial que luchó y consiguió las 6 horas de trabajo en vez de 8, por trabajo insalubre. Pelearon contra la patronal y la burocracia sindical y ganaron. Solían decir: “Si nosotros nos unimos, tal vez otros hagan lo mismo. Entonces dentro de diez o veinte años las cosas cambien. Tal vez nosotros no trabajemos más. Pero si no (nos unimos) lo que va a pasar con todos estos pibes que van a entrar a trabajar, es que los van a pisotear y a los viejos los van a echar, no les van a pagar nada, se van a morir de hambre”. Edgardo Torres perteneció a la Juventud Peronista junto con su amigo Oscar Sarraille (ver su registro) y otros jóvenes del barrio La Morita, un barrio humilde de viviendas sencillas, casas bajas en medio del descampado, de madera, de chapa y con algunas piezas de material y con calles sin asfaltar. Allí hicieron trabajo social organizando a la gente en torno a una sociedad de fomento ya existente pero a la cual le agregaron una impronta peronista que apuntaba hacia el socialismo nacional. En dichas actividades, Edgardo contaba con orgullo que lo había conocido al Padre Carlos Mugica. Con sus compañeros también fue a Ezeiza a esperar a Perón el 20 de junio de 1973. En 1976 cuando la mano vino pesada, Edgardo renunció a su puesto de trabajo en la Química Mebomar. La patota policial lo fue a buscar a su morada; no había nadie pero los tipos le balearon la casita y se robaron objetos. Por ese motivo se mudo a la zona de Pontevedra –partido de Merlo-  y continuó trabajando en una fábrica de ladrillos donde había habitaciones para toda su familia. Ahí estuvieron alrededor de un mes, hasta que en la madrugada del 8 de diciembre de 1976, llegaron a él, a través de su hermano Armando que fue brutalmente torturado para que señalara donde vivía. Nunca más apareció con vida. Tiene además, dos hermanos más secuestrados-desaparecidos por la última dictadura cívico-militar que asoló nuestro país: el recién mencionado Armando Ruperto Torres y Dardo César Torres. (Ver sus registros).