militantes del peronismo revolucionario uno por uno

TONCOVICH, María Graciela.

“Mimi”. “Malena”. “Cristina”. “La Gringa”. “La Colorada”. Una jovencita preciosa nacida el 9 de septiembre de 1951 en Tandil, provincia de Buenos Aires. A los 14 años le dice a su madre que quiere hacer un curso de enfermería para ayudar a sus semejantes. De la mano de un cura progresista ingresa a la Acción Católica tandilense y comienza con sus primeras experiencias de trabajo social en los barrios. En 1970, producto de un matrimonio fugaz dará a luz una niña: María del Cielo Tailmitte.Toncovich luego trabaja en una concesionaria automotriz Chevrolet en Bahía Blanca (Bolsón S.A.), siendo muy buena compañera siendo además elegida delegada de planta por sus compañeros; allí desarrollaba tareas administrativas. Su lucha tenía como centro la solidaridad y la justicia y bregaba por el regreso de Perón a la Patria para que “todos podamos vivir un poco mejor”. Al respecto hay un relato de Ernesto Valverder en su libro “LOMJE” que no tiene desperdicio y cito tal cual: “Graciela militó intensamente en los preparativos para el viaje a Ezeiza y en la movilización de la gente. Cuando llegó el momento se presentó ante el gerente del sector para solicitar que la licencien un día en el trabajo. El gerente le consultó cual era el motivo. Graciela le expresó en forma absolutamente natural que asistiría a Ezeiza a recibir al General. El responsable le dijo que eso no era motivo para solicitar franco, y por ende, se lo denegaba, invitándola a continuación, a que se retirara de su oficina y vuelva a sus tareas de rutina. Posiblemente Toncovich se haya sorprendido por la respuesta del gerente. El que con seguridad se sorprendió fue el gerente. Graciela no solo no se retiró de la oficina, sino que además inició un breve monólogo donde le expresó al hombre que efectivamente el retorno definitvo de Perón después de tantos años de proscripción y exilio era un motivo más que suficiente para informar que se tomaría un día. Le dijo que ella le ‘sacaba’ solamente un día a su empleo, que al pueblo le habían sacado durante casi veinte años a su Líder y que no había sido gratuito. Que mucha sangre se había derramado para llegar a este día. Que ella ahora no venía a pedir permiso para faltar. Simplemente se presentaba ante él, para ‘avisar’ que no vendría a trabajar. Que quería dejar en claro que su inasistencia no sería por enfermedad, sino por lo que había expuesto. Terminó su breve monologo expresándole que en un par de días se reincorporaría a sus tareas normales en la concesionaria, pero que desde ya le dejaba su renuncia, exponiéndole que si el retorno de Perón generaba que ella pierda su empleo, sin dudas valía la pena. Sin esperar ningún tipo de réplica la joven dio media vuelta y se retiró. El hombre la vio salir con la boca abierta”. Fue militante de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) y delegada de curso en Bahía Blanca ya que estudiaba en la nocturna del Colegio Nacional. También se daba tiempo para dedicarse a la confección y armado de títeres dando funciones, con las que desparramaba alegría entre los niños de las zonas más carenciadas de la ciudad bahiense. Así la recuerda Enrique Ferrari que militó con ella: “Era transparente en su trabajo militante, tenía los objetivos claros en cuanto a la forma de construcción política y una perspectiva a largo plazo sobre todo lo que debiera construirse para lograr la liberación nacional y social de nuestra Patria. Adhería a la propuesta de las milicias populares, sabiendo que esta tarea requería una alta responsabilidad, ya que no era cuestión de calzarse un arma a la cintura ‘por que sí’ y con eso creer que la revolución pasaba y se agotaba en ese gesto. Entendía y acordaba, como era el pensamiento de la época, en el que todos estábamos de acuerdo, que para lograr los objetivos de cambios estructurales, no bastaba con ser buenos muchachitos militantes. No. Había que enfrentar a la violencia con organización política”. Fue oradora del acto central de homenaje a Evita llevado adelante el 22 de agosto de 1974 en Bahía Blanca. Perseguida por la represión se tuvo que ir del ámbito territorial en que se desempeñaba. Militó en Montoneros hasta la muerte.  Acorralada y muerta en La Plata el 22 de noviembre de 1976. Algunos testigos dicen que murió al tratar de saltar una tapia y fue alcanzada por disparos de los sitiadores, pero otros dicen que la persiguieron hasta la esquina de 135 y 49, se defendió a los tiros; y le explotó una granada cuando trató de lanzarla contra sus perseguidores, falleciendo en el acto. Retoma Ferrari: “Sigue presente en nuestra memoria, por la militancia, sus títeres y su ternura”. Cabe acotar que sus progenitores también colaboraron con su hija y los compañeros, en lucha permanente contra la oligarquía y el imperialismo. Su padre, de profesión herrero, trabajaba en una herrería de la organización; la madre, Doña Élida, cosía bolsos con doble fondo, para poder transportar información y armas de puño disimuladamente.