militantes del peronismo revolucionario uno por uno

TROITERO, Alfredo Amilcar.

“Ernesto”. Nacido un 7 de mayo de 1940. Pintor. Obrero especializado. Maestro mayor de obras; trabajaba en el área de mantenimento del Banco Provincia. Era miembro de la comisión interna de delegados. Secuestrado el 12 de octubre de 1978 a la una de la mañana, en su domicilio del tercer piso del Barrio “General Savio” (Lugano I y II) a la edad de 38 años conjuntamente con su esposa, Martha Elvira Tilger de Troitero (ver su registro). Ambos eran militantes peronistas y combatientes montoneros. Fueron vistos con vida en el CCD “Olimpo” antes de sus asesinatos. Iván, uno de sus cuatro hijos, recuerda: “En 1977, en Mercedes, provincia de Buenos Aires, estábamos en un barrio construido en el primer gobierno peronista, similar a Ciudad Evita. Era amplio, tenía muchas habitaciones y muchos árboles frutales, doce gallinas, dos gallos, una vaca y una huerta que trabajábamos con mis hermanos. En la esquina había un terreno baldío con una antigua construcción y también a una cuadra un terreno de una manzana en la que jugábamos a la pelota. El barrio estaba diferenciado por dos clases sociales bien definidas, las casas de muy escasos recursos y familias numerosas, y las casas del denominado barrio obrero, en el que vivíamos una clase social media. Mis viejos llegaron al lugar y revolucionaron el barrio. Propusieron que se realizara una sociedad de fomento con actividades deportivas y culturales, utilizando todos los espacios hasta ese momento sin utilidad, realizando en consenso con todos los actores sociales, actividades para recaudar fondos que sean donados, a fin de concretar el proyecto. Para las reformas y construcciones trabajamos todos. Cada uno en lo que podía; nosotros, junto a muchos chicos del barrio, sacábamos pastizales y cañas, marcando canchas con palas y luego pintándolas con cal. Y los adultos arreglando paredes, ampliando, pintando. Los corralones de materiales donando materiales para la construcción, los empleados municipales consiguiendo tractores, camiones con tierra para relleno y hasta el milico de la vuelta que tenía dos hijos que jugaban con nosotros, laburó y trajo la banda militar para la inauguración, que fue en escasos tres meses. Allí se dictaron cursos de música, pintura, fotografía, peluquería, apoyo escolar para chicos con problemas de aprendizaje, se organizaron campeonatos de fútbol, vóley femenino y básquet. En los salones se jugaba al ping-pong, ajedrez y metegol. Todas las actividades eran libres y gratuitas y no había distinción alguna de clases sociales. Recuerdo que en casa éramos 10 chicos, ya que mis viejos se hicieron cargo de seis más, tres de un orfanato y tres de un tambo, ya que en las condiciones en que vivían no podían estudiar. También recuerdo que yo llegaba de la escuela técnica y en casa había una veintena de otros niños que continuaban los cursos que daba mi vieja en la sociedad de fomento hasta que anochecía. Los viejos nos dejaron una enseñanza de amor por la lucha, comprensión del entramado social con compromiso y, por sobre todas las cosas, nos enseñaron el valor de la solidaridad. Es por eso que aún están vivos en cada uno de nosotros y a pesar del sabor amargo de no tenerlos físcamente, siento que su lucha no fue en vano”.