militantes del peronismo revolucionario uno por uno

VEGA, José Vicente.

Nacido el 29 de agosto de 1948. Lo ocurrido: Villa Corina, Avellaneda, provincia de Buenos Aires. El 27 de octubre de 1976 por la madrugada cae la patota represiva al 3° piso de un edificio, propiedad del matrimonio constituido por Carlos Manfil y Angélica Zenobia Zárate de Manfil. Estaban con sus tres hijos: Carlitos (8), Karina (4) y Cristhian (6 meses). Con ellos convivían José Vicente Vega (“El Gordo José”, nacido un 29 de agosto de 1948) y su esposa Rosario Ramírez de Vega con sus hijos, Adolfo (9) y Marcela (8). Las cuatro personas mayores eran peronistas, eran montoneros. Resisten el cerco y allanamiento. Saben que si los agarran con vida les espera la tortura sin límites y la muerte segura. Los represores tiran con todo. Matan al matrimonio Manfil-Zárate y a su hijo Carlitos. La compañera de José Vicente Vega, Rosario, cae herida, desde la ventana al vacío y la rematan en el suelo. Sufren heridas de bala los dos niñitos Vega y Karina Manfil. “El Gordo José” en calzoncillos desde una ventana, los enfrenta con una ametralladora, cubre a sus hijos con un colchón y luego se descuelga por unas cañerías de agua, se hace de una bicicleta y escapa. Los fallecidos fueron sepultados en una fosa común en el cementerio de Avellaneda e identificados 15 años después por el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF). Los niños fueron internados en el Hospital Finocchietto (actualmente Eva Perón) de Sarandí con custodia policial. Otro militante montonero (falso médico) sorteó la custodia y les acercó ayuda a los niños internados, les dejó dinero y a los chicos Vega en particular, les dijo que el papá estaba bien y que pronto se reunirían con él, cosa que por suerte semanas después ocurrió. Según el anexo de la CONADEP (Informe de la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas), “El Gordo José” siguió combatiendo a la dictadura militar hasta que el 15 de agosto de 1977, a las 20 hs. fue secuestrado en su domicilio de Lacarra 1548, Lanús Oeste, provincia de Buenos Aires. Pero según su última compañera –que lo definía como un tipo gordote, morochón, con pinta de boxeador retirado poco antes-, él siguió militando hasta su caída que se habría producido recién en noviembre de ese mismo año. Tenía 29 años, Fue secuestrado-desaparecido por un grupo de tareas y visto en el CCD El Vesubio antes de su “traslado” definitivo. En el caso de este compañero, como en el juego de las muñecas rusas, cada vez que se abre una aparece otra más pequeña sí, pero con más información. Su hija Marcela Vega en el libro de Noemí Ciollaro, “Hijos del Sur”, sin dar una fecha exacta pero que hace pensar en el 15-8-77 nos informa: “Él decidió que nos fuéramos del país, decía que todos, pero yo sentía que nos iba a poner en un avión y él se iba a quedar. Preparamos los bolsos para irnos, él salió a buscar un taxi el día que viajábamos y también tenía una cita con alguien; yo le dije que no fuera y me contestó que era una persona muy querida que tal vez no volvería a ver. Y en esa cita lo señalaron, es fue la persona que lo entregó. Él nos había dicho que si a las once de la noche no había vuelto nos fuéramos y viajáramos en taxi a lo de mis abuelos, pero decidimos esperarlo un poco más por las dudas. Miramos Kojak, la serie policial que él no quería que viésemos y que duraba hasta las doce, él no volvió y nos quedamos dormidos. De pronto golpearon la puerta y vi que en el pasillo había una patota de civil, pero no lo vi a él, uno me gritó ‘abrí, que está tu papá’ y yo le dije ‘vos no sos mi papá, hijo de puta’, y el tipo me dijo que abriera la ventanita de la puerta, lo hice y vi a mi papá que le sacaban la capucha. Entraron a los empujones rompiendo todo; a mi papá lo sentaron en un patiecito, estaba muy desprolijo. Yo sabía que había una cosa que él podía tomar y que de alguna manera lo iba a salvar. Así que le pedí a ellos, si podía darle Paso de los Toros, que él siempre tomaba y me dijeron que sí, y ahí saqué de la solapa de una camisa, la pastilla de cianuro. Sabía lo que le iba a pasar, conocía el efecto y me asusté, y se dieron cuenta, así que no me dejaron dársela. Pero yo no quería abrir la mano, mi intención era tomármela yo, me llevaron al baño, me pegaron y yo no soltaba la pastilla, me apretaron el brazo que todavía estaba cicatrizando de los balazos y mi papá gritaba que me dejaran. Al final nos encapucharon a todos y nos subieron a un auto (…) Luego supe que estábamos en el Vesubio”. Concluye contando que luego de una semana o más en el lugar “de repente nos dijeron que mi papá nos quería saludar y nos llevaron a una habitación. Mi papá estaba sentado, fumando, esposado al caño. Nos explicó que tal vez no volviéramos a vernos y nos pidió que nos cuidemos”.