militantes del peronismo revolucionario uno por uno

BASCO, María Verónica

 

Nacida un 23 de junio de 1951. Militante de Juventud Universitaria Peronista (JUP) y Montoneros. Trabajaba en el Poder Judicial. Tenía 25 años de edad cuando fue secuestrada en Castro y Constitución, barrio de Boedo, un 20 de abril de 1977. Llevada al CCD Club Atlético fue ejecutada de manera sumaria. Era compañera de vida y militancia de Guillermo Pagés Larraya (ver su registro). El mismo Guillermo que escribió esta hermosa carta al padre de Verónica, días después de que éste recuperó y sepultó el cadáver de su hija, para mayo de 1977. La misiva completa dice así: “Buenos Aires, 23 de Mayo de 1977. Año de la Resistencia Popular. Querido Doctor B. Hay unas palabras de un poeta checoslovaco (Aclaro: Julius Fucik. Periodista y escritor. Miembro del P.C. checo, apresado y ahorcado por los nazis en el curso de la SGM) que dice: ‘Por la alegría hemos vivido, por la alegría fuimos al combate. Que jamás la tristeza sea asociada a nuestros nombres’. Quiero agradecerle profundamente todo lo que ha hecho para recuperar y dar sepultura al cuerpo de Verónica, que aunque es lo menos que se podría pretender frente a un crimen, en estos tiempos se convierte en algo difícil e importante. Yo se que usted hizo y hará todo lo que sea posible… para desenmascarar ahora o más adelante a estos asesinos; lo que no se pudo hacer no importa. Me imagino los interrogatorios y humillaciones de todo tipo que habrá tenido que pasar, las presiones y exigencias. Conociendo todo eso comprendo que usted hizo lo que pudo, y se lo agradezco mucho, porque ha sido mucho. Hay algo que me imagino, pero tal vez me equivoco. Es posible que haya en usted algún sentimiento de culpa, por no haber convivido con ella más tiempo, por no haberla acompañado más en los últimos años, por no haber conocido nuestra pareja o por otras cosas. Si esto fuera así creo que usted debe rechazar cualquier sentimiento de culpa. En primer lugar porque no hay ningún motivo cierto y en segundo lugar porque todo sentimiento de culpa nos paraliza, nos impide vivir en una realidad que es compleja, lo suficientemente compleja como para que no seamos los responsables de todo lo que ocurre a nuestro lado; nos impida, en fin, recuperar la alegría y dejar que duerman las penas en el alma. Recuerde que Verónica y yo pasamos nuestro primer verano juntos bajo la carpa que usted nos prestó. Una noche que ella no se quería ir a dormir yo le dije ‘vení que tengo la luna en la carpa’ y la convencí. Esto no tiene nada que ver con lo anterior pero así fue. La carpa se nos volaba cada dos por tres y creo que nunca terminamos de armarla como se debía. Para colmo los chiquitos que veraneaban con nosotros aprovechaban la hora de la siesta para desclavarnos las estacas ... y abajo. Era como un castillo de naipes sobre los médanos. El nuestro fue un amor en serio, señor, y por eso un amor difícil de construir y de crecer. Hasta estuvimos separados y probando otros amores un tiempo, durante varios meses. Pero cuando nos unimos fue, como se decía antes, para siempre. Y tuvimos nuestra casa. Le pintamos las puertas y la ventanas; en la cocina de rojo, en el comedor de verde inglés, el dormitorio de azul. Empezamos a levantarnos y prepararnos el desayuno mientras el otro ocupaba el baño y a esperarnos en la vereda y también hace muy poco a tratar de fabricar un hijito juntos. Estábamos haciendo todas las cosas lindas de querernos cuando era el momento de hacerlas. La única paz que pedíamos era entre las 19 y las 23 de cada día y los domingos cuando estábamos juntos despiertos y cuando dormíamos o mirábamos como dormía el otro. Eso era para nosotros la paz y en ella se nos crecía el amor mientras hacíamos lo posible porque el pueblo ganara esta guerra. Y yo me enojaba con su fatalismo y ella se enojaba con mi ansiedad y nos peleábamos y después nos amigábamos y juntos íbamos creciendo y viendo como crecía el otro. Todavía, tal vez, ambos un poco niños. No pudimos acercarnos más a usted. Si no hubo tiempo para eso y tantas otras cosas de vivir, ha sido por causa de una guerra que nosotros no queremos ni provocamos. En marzo de 1976 faltaban nueve meses para las elecciones. Espero que me escriba. Los teléfonos son aparatos llenos de oídos o al menos de temores. Por ellos solo se puede hablar lo indispensable y a veces, ni siquiera. Por favor transmita el agradecimiento y solidaridad a toda su familia por como se ha portado en esta situación. No se deje agobiar por el dolor. Peléelo. Un abrazo”.