militantes del peronismo revolucionario uno por uno

MENÉNDEZ, Fernando Diego.

Marisa Sadi en su libro “Montoneros. La resistencia después del final” es puntual, rotunda, determinante al respecto, pese a reconocer que a “Manuel”, es decir, Fernando Diego Menéndez, lo conoció solamente un año antes de su muerte. Lo califica como “el máximo exponente de un cuadro revolucionario entre los valiosos compañeros que conocimos (...) No fue el mejor de una manga de mediocres, sino el mejor entre los mejores (...) Fue un joven combatiente de carne y hueso”. Fernando ó “Manuel” (y hasta había quien lo conocía como “Diego”) fue quien, en el punto más alto de la represión, en el más álgido momento de las caídas y desapariciones, puso el pecho y fue de a poco reorganizando la resistencia y contactando a los compañeros dispersos de la Juventud Universitaria Peronista (JUP); sólo, sin cobertura, perseguido, sin trabajo estable, prófugo, sin un peso encima. El venía del grupo de JUP-Ingeniería, (donde descollaba por su integridad y valentía, con un físico privilegiado) y después de un paso por la Conducción Regional de la JUP, se preocupó por tratar de poner en pie a los grupos montoneros de Arquitectura. Un año antes, a principios de 1977 pudo zafar de una cita cantada en el barrio de La Paternal. Los hechos fueron así: al entrar a la zona de la misma notó movimientos extraños y poco habituales. No iba armado. Al toque, le salió un tipo detrás de un árbol que lo quiso detener apuntándole a la cabeza con una pistola. Vio que la mano le temblaba al represor. “Manuel” no dudó un segundo y le pega un manotazo a la pistola y un piñón al tipo y sale a los piques, perseguido por unos cuantos que le disparan. Una bala le roza el pie y otra le atraviesa un brazo. A la vuelta de una esquina, se topa con un almacén y una pareja de viejitos en la puerta. Los encara: “¡Abuelos! Soy Montonero y me siguen para matarme...”. Los ancianos no dudan: “Rapidito, escondéte detrás del mostrador, pibe”. Y allí se quedará hasta que pase la jauría. Luego se toma “el bondi” y se va agradeciendo a sus protectores circunstanciales, dos simples personas del pueblo. Para inicios de 1978 no sólo seguía vivo, sino que organizaba la propaganda contra la dictadura en pleno Mundial de Fútbol y se sumaba a la agitación de los obreros ferroviarios contra la dictadura militar. También ayudaba en el repliegue de compañeros hacia el extranjero. Así se movió y luchó hasta la última gota de su sangre, de su vida, cuando el 7 de diciembre de 1978, en la intersección de Lope de Vega y Avenida Juan B. Justo cayó combatiendo a una patota de la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) al mando del oficial Vildoza que quería cazarlo vivo y se quedó con las ganas. Tuvieron que pegarle ocho tiros en el cuerpo para estar seguros que lo mataban. En otra muestra del desprecio y la hijoputez con que estos represores se manejaban, obligaron al padre de Fernando a escribir una carta apócrifa (que apareció en el vespertino La Razón del 24-12-78, pág. 5. Y en el matutino La Nación para la misma fecha) como condición para devolverle el cadáver de su hijo, para enterrarlo. Llevaba por título “Carta del padre de un subversivo muerto”.