militantes del peronismo revolucionario uno por uno

MOLISANO, Alfredo Elías

Este esforzado trabajador, camionero y colectivero en Buenos Aires, conoció a mediados de los ’50 lo que era la persecución y la cárcel por ser peronista. Una vez convencido, de que Perón no iba a volver a la Argentina “por las buenas”, se sumó a los Uturuncos (1959-1960) donde se lo conoció como el “Comandante Faber”. Su compañero en la Resistencia Peronista, Enrique Oliva, lo recuerda con respeto: “Cristiano por convicción esperanzada, cultivaba el buen humor entre compañeros y necesitados, como también la fiereza gaucha al combatir el privilegio siempre impune de los explotadores. Buen lector en sus prisiones, autodidacta, hacía honor a los luchadores de los Evangelios, como Judas Macabeo, líder de una antigua familia judía, quien en su estandarte de guerra contra el imperio romano decía: ‘La mejor forma de bendecir a Dios es combatir al tirano’. Y no perdonó a ninguno, sin alardes pero con firmeza”. En febrero de 2007 falleció Alfredo Molisano, como siempre manteniendo intacta su rebeldía. Tenía 80 años de edad. Por otro lado, Bosquín Ortega lo recuerda así: “Un conductor de colectivos quiso, también, ser un conductor de su destino, honrar ‘el bastón de mariscal que todo peronista lleva en su mochila de militante’. Su infancia y adolescencia transcurrieron en un orfanato de Marcos Paz, de donde salió a los 18 años. Vivía en una casita humilde, a la altura de Planes 1167, en Capital Federal. Su apodo de barrio era Faber, obvia alusión al célebre lápiz negro que usaban los carpinteros en su taller. Pero su persona respondía a la identidad de Alfredo Elías Molisano, de treinta y tres años, la misma edad del hijo de otro carpintero galileo que asumió en su conciencia la liberación de su pueblo sometido al imperialismo romano, que bajo otras características y circunstancias se prolongaba en las tensiones objetivas de la década del cincuenta. La consigna activista ‘Perón vuelve’ y el operativo de insurgencia clandestina para su retorno al país, lo impulsaron a integrarse al Movimiento Peronista de Liberación-Ejército de Liberación Nacional (MPL-ELN), conocido por ‘Uturuncos’ en el imaginario colectivo de la épica popular. El término Uturunco significa ‘hombre-tigre’ y pertenece a la mitología del Noroeste argentino: simboliza al paisano rebelde que se levanta ante la injusticia, sin otra arma que el coraje adquirido al envolverse en el cuero de un tigre, mediante un ritual de transferencia de la energía del animal que encarnará en la batalla.  Una potencia similar a la ejercida por el ‘capiango’ riojano, emblema de Juan Facundo Quiroga, ‘El tigre de los Llanos’. De la llanura porteña asciende a la montaña tucumana y protagoniza el origen de la primera guerrilla peronista, de ambiente y práctica rural, antecedente primigenio de Taco Ralo y las Fuerzas Armadas Peronistas. Sin formación militar, pero convencido por su voluntad patriótica, integra una milicia de civiles-militantes impulsados por el amor leal a la causa de Perón. 
El manifiesto liminar de Uturuncos -cuya trayectoria insurgente comprende desde Octubre de 1959 a Junio de 1960- apareció publicado en la revista Mayoría, dirigida por Tulio Jacovella. Su programa establecía, a sobrevuelo sinóptico: el levantamiento en armas por la guerra de guerrillas, en defensa de ‘la patria maniatada’ y “convertida en colonia del imperialismo”, ‘el retorno a la patria del general Juan Perón y la devolución del cadáver de la protectora de los humildes, Eva Perón’, la rescisión de los contratos petroleros, la reforma agraria y la eliminación de la ‘funesta oligarquía terrateniente’, un ‘sistema económico y financiero que proteja a la industria y el comercio nacional’, la ‘suscripción de un Empréstito de Salvación Nacional’, con el aporte de dos horas diarias de trabajo suplementario, durante tres años, un llamado a la convivencia de los argentinos ‘sin discriminación de colores ni matices ideológicos’ y el alineamiento en ‘la Tercera Posición’...’con todas las naciones y regímenes políticos y sociales de la tierra’. El Comandante Faber estuvo detenido en los presidios de Rawson y Devoto, y cerró su condena, de cinco años, en la Unidad Penitenciaria Nª 7, en Resistencia,  junto a Manuel Enrique Mena, su hermano de lucha. Durante su cautiverio, ayudó al “Gallego” Mena a escapar del presidio, oculto dentro de un camión de basura, con una campera por abrigo que le acercó Andrés Saúl Acuña, quien tenía la misma talla y altura del prófugo y la ayuda del “señuelo” táctico de Edwin Eric Tissembaum. El 16 de septiembre de 1964, recuperó su libertad, con secuelas crónicas en su cerebro, producto de las torturas infligidas por la dictadura. Años después, fue sometido a sendas cirugías cerebrales que colapsaron su salud. Un testigo de la detención en la montaña tucumana, relató que los soldados “lo bajaron a patadas” por los cerros, mientras él (Molisano) soportaba estoicamente la paliza. ‘El que pisa la huella del toba, se queda para siempre’, reza un aforismo chaquense. Apenas en libertad, y antes de partir a Buenos Aires, Molisano participa de un acto en el local de Unión Popular, en Obligado y Rawson, organizado por la Liga Argentina de los Derechos del Hombre. Conoce a Célica Marín, secretaria de actas de la Liga y militante de familia peronista. Por su casa paterna de San Lorenzo 1145, ámbito de encuentros y debates, pasaron Gustavo Rearte, Carlos Caride, Jorge Rulli y Envar “Cacho” El Kadri, combatientes populares. ‘Faber’ decide levantar su tienda de campaña en tierras del Gualamba: el apolíneo moreno, resabio árabe, y la joven a punto de recibirse de obstetra, contraen matrimonio el 5 de enero de 1965, a las 9, en la parroquia San Francisco Javier. Los testigos de la boda fueron el “Gringo” Cerlac y Ema de Azcona, mientras que los padrinos fueron Enrique Pilatti Vergara y Felipe Gallardo, primer gobernador del Chaco. De aquel enamoramiento inmediato, nacieron Julio Omar, Laura Valentina, Alicia Gabriela y María Eva. El guerrero montaráz, austero y severo, presidió una familia de principios cristianos, basada en el respeto por la palabra, el prójimo y la caridad cristianos. Pero el estigma de la persecución no cesó en su nuevo hogar. Padeció diecisiete allanamientos sucesivos por parte de la policía chaqueña, instigados por el prejuicio de la dirigencia mezquina y la aldeana mediocridad. Molisano respondió, sin agravios, con el ejemplo de su conducta republicana y la docencia ecuménica del trabajo honrado. Hasta su deceso, acaecido el 28 de febrero de 2007, nunca exhibió un sentimiento de venganza o resentimiento malicioso para sus opresores. Prefirió la disciplina ética, el cultivo del silencio y la fidelidad al Movimiento Justicialista y la clase trabajadora. Evitó comentarios sobre su pasado combativo: la única entrevista concedida fue para ‘Peco’ Tissembaum, relatada en su libro ‘Desde más adentro’. Recorrió la Argentina, homenajeado por su coherencia libertaria y democrática. Pero nunca solicitó indemnizaciones, porque creía que su lucha no tenía precio: la patria, era el valor. Obrando con su ejemplo de patriota, estuvo entre nosotros Alfredo Elías Molisano, el Comandante Faber, único y último Uturunco chaqueño. Sus cenizas, a pedido suyo, serán esparcidas en las alturas tucumanas, escenario de su epopeya, ofrendadas al viento absoluto de la libertad”.