militantes del peronismo revolucionario uno por uno

MORILLO, Roberto Héctor.

“Tito” para la familia, “Bazooka” para los muchachos de la barra porque siempre andaba masticando y haciendo globitos con una chicle de esa marca. Luego le quedó el diminutivo de su apodo: “Zoka”. También le decían “El Dege”. Cordobés de nacimiento (18 de marzo de 1950), riojano por adopción. Alto delgado, de piel morocha, ojos más bien saltones, pelo negro ondulado. Casado con Susana Quinteros, también desaparecida (ver su registro), tuvieron una hija de nombre Florencia. Mecánico. Cuenta su amigo Sergio Pollastri, compañero de casa en el barrio universitario platense: “que Morillo entendía bastante de electrónica. De sueño pesado, lo angustiaba la posibilidad de llegar tarde a los cursos. Había conectado la radio a un reloj eléctrico de manera que funcionase como un despertador a todo volumen. Así y todo le costaba despertarse, en tanto los otros comenzábamos a las puteadas para que apagáse la radio de una vez. Llamaba la atención la manera en que dormía: rígido y derechito, parecía un poste envuelto en una frazada que alguien había depositado sobre la cama”. Estudiante de Ciencias Económicas, como pibe comenzó militando en el ámbito barrial, en la Unidad Básica “Juan Pablo Maestre” de Ringuelet en los alrededores de La Plata. Como hombre hizo lo propio en Montoneros donde se lo conocía por los seudónimos de “Franco” ó “Vicente”. Secuestrado-desaparecido el 2 de marzo de 1977. Se cuenta una anécdota que habla de la claridad de sus principios. Invitado a una larga reunión de ámbito para discernir sobre el curso futuro de la organización, dijo: “Yo no necesito hacer una reunión de dos días para saber si el peronismo todavía tiene vigencia en la clase trabajadora, como hicieron los de la estructura política, a mí me basta escuchar a los compañeros de trabajo cantar la Marchita mientras laburan para darme cuenta que el pueblo sigue siendo peronista”.