militantes del peronismo revolucionario uno por uno

MENCI, Héctor.

7 de agosto de 2016. Escribe el compañero Osvaldo Luis Abollo por internet: “Patética. Así fue la ida del ‘Mendieta’. Patético también yo y el puñado de compañeros, amigos y pocos familiares que le dimos ‘cristiana sepultura’ como si fuera la voluntad del agnóstico difunto (…) Intentábamos patéticamente acomodar el pesado féretro del querido ‘Gordo’ para dejarlo en su última morada. Yo con mi rodilla averiada ayudaba a Mario con sus muletas a llegar al escenario donde el resto luchaba con los 200 kilos de quien fuera en vida Héctor ‘Mendieta’ Menci. ‘Timo’ y ‘El Papu’, monopolizando sin dudas, el mayor peso emotivo de ser los compañeros preferidos del ‘Gordo’ guiaban a los bisoños sepultureros en su tarea. ‘El Pepe’ tal vez rememorando la enorme lista de tragedias nacionales que, seguramente, lo tienen a él como principalísimo damnificado, lloraba a moco tendido sin atinar que hacer (…) Nosotros intentábamos despedirlo entonando, sin entusiasmo, la Marcha de los Muchachos Peronistas. La ternura y la admiración de sus hijos más jóvenes, tratando de despedirlo con palabras que trasuntaban el futuro desamparo, le daban a la ceremonia el único tinte épico, merecido (…) Era la vida de mierda, injusta y patéticamente de mierda, que el ‘Gordo’ no buscó pero supo asumir sin protestar. Sinsabores de su vida personal, la cárcel temprana, casi adolescente, la Contraofensiva esperanzada con su cuota de desamparo ante la pérdida del ‘Carlón’ y el ‘Viejo Cambiaso’, su derrotero por sobrevivir y formar una familia. ¿Cuántos no conocieron a ‘Mendieta’? ¿Cuántas veredas de Fiorito, Caraza, Budge, Chingolo, Lanús y de toda la Tercera Sección Electoral no sintieron el peso de sus pasos cancinos? (…) En la inmensidad descampada del lejano cementerio de Guernica, uno de los sepultureros, a la hora del solemne ruido de los terrones sobre el ataúd, se zambullía dentro de la tumba en busca de su teléfono 4G, que al agacharse para tratar de liberar las cinchas con que bajaron el cajón, fue a caer debajo de éste. Otros dos sepultureros sostenían de los tobillos al damnificado que, cabeza abajo, en la profundidad de la tierra, pugnaba por deslizar su mano debajo del féretro. La situación era relamente patética, digna de una película de Fellini. Para romper el patetismo se me ocurrió decir: ‘Perdiste, Hermano, es la venganza de Mendieta’. ‘Justamente un celular, el Gordo no te lo devuelve más’ añadió jocoso ‘Pajarito’. ‘Es su herramienta de trabajo’ dijo otro. ‘Encontrálo pronto –suplicó Timo- que ya veo que el Gordo me llama a la noche para decirme, ‘venime a buscar que me estoy cagando de frío’. El sepulturero rescató su celular y junto con sus ‘complices’ continuaron con su labor de clausurar la leyendo del ‘Mendieta’. La media tarde caía y aún faltaba el ruidazo de la noche contra el Tarifazo de Aranguren. Nos saludamos con sincero afecto prometíendonos, para la primavera, encontrarnos para comer un asado antes que nos convoque otra despedida. La oligarquía montonera y otros ilustres, otra vez faltaron a la cita con la historia común, pero el Gordo ya lo sabía de antemano ¡Patria o Muerte! ¡Venceremos!”.