militantes del peronismo revolucionario uno por uno

MARINO, Eduardo Aníbal.

“A Eduardo lo secuestraron la tarde del sábado 5 de noviembre de 1977. Habíamos ido al supermercado con nuestros hijos, Grisel de tres años y medio, y Lautaro, de poco más de dos meses. Lloviznaba a cada rato. Volvíamos a casa en el viejo Citroen, comiendo chocolates y cantando canciones con Grisel, cuando apareció el Falcon blanco, sin chapas, con los cuatro malparidos adentro. De civil. Lo último que alcanzó a decirme Eduardo fue: ‘No los mires’. Atravesaron el auto cortándonos el paso. Lo bajaron a culatazos en la nuca. Su resistencia y mis gritos fueron inútiles. A Grisel y a mí nos apuntaron a la cabeza con Itakas. Lo último que vi fue que lo tiraban en el piso del Falcon mientras seguían golpeándolo. Y arrancaron violentamente hacia alguna sucursal del infierno”. Este es el descarnado relato que hace del secuestro y desaparición, su esposa Noemí Ciollaro en el libro “Pájaros sin luz”. Eduardo había roto con el viejo Partido Comunista en 1968 (al cual estaba afiliado su padre)  siendo para ese entonces estudiante universitario. Sumó su militancia al Partido Comunista Revolucionario (PCR), chinoista. Amante del tango y el jazz, solía vérselo comiendo tallarines en “Pippo”, luego de haber visto una buena película. Con el tiempo empezaron las discusiones con la metodología de acción del PCR y paralelamente las reuniones con los compañeros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR). Para 1971 se va con otros militantes del PCR y conforman una agrupación independiente “Los Obreros” que en 1973, en gran parte, adhiere a Montoneros. Con la represión y ofensiva de la derecha queda muy expuesto y varado en esta ciudad: sin trabajo, sin pasaporte y con su mujer embarazada nuevamente. Le pidió dinero a su padre para poder irse al exterior con su familia. La respuesta de su padre lo destruyó: que si se iba no iba a volver a ver a sus nietos, que reparara en sus errores políticos que lo llevaban a vivir permanentemente en peligro, que se pusiera a trabajar y a retomar su carrera de ingeniería interrumpida; en una palabra que fuera un hombre “adulto” de una vez por todas. En ese intento –ó no, vaya uno a saber- lo sorprendió la muerte a la edad de 36 años.