Roberto
Baschetti

Dricas, Benjamín Isaac

Nació un 5 de octubre de 1956. De muy pibe se orientaba en la playa como si tuviera una brújula; nunca se perdía. Hasta los 3 años prácticamente no habló; cuando lo empezó a hacer no paró nunca más, como advirtió el psicoanalista consultado. Se reía a carcajadas cuando leía las correrías de Patoruzú en historietas y le fascinaba comer bananas (¡Llegó a comer seis por día! El verdulero le decía a su mamá: ¿Señora, usted tiene un mono en su casa?). Siempre fue un apasionado por los personajes históricos. El fútbol lo reveló como un fanático hincha de Boca juniors. Siempre fue el mejor alumno y abanderado. Estudiante secundario en el Colegio Nacional Buenos Aires; fundador de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) brazo estudiantil de Montoneros, en una noche en ebullición de abril de 1973, en el Sindicato del Calzado de ésta Capital, cuando se habló públicamente de crear las milicias populares. Todos lo conocían como “El Pato Fellini” (por la manera de caminar y por la admiración que sentía por el cineasta italiano) y descollaba por su inteligencia y humor. Cercado arriba de un colectivo que transitaba por la zona Oeste (presumiblemente Ramos Mejía; 19.30 hs.), se tomó la pastilla de cianuro para no caer con vida, alrededor el 21 de agosto de 1976. Tenía 19 años. Su compañera Marta Elina Libenson, “Maca”, estaba embarazada. Ana Victoria, la hija de ambos, nació en el exilio y su papá no llegó a conocerla; además, lamentablemente, ella murió a la edad de 19 años de cáncer. Marta Elina murió en la contraofensiva montonera de 1980. El prestigioso escritor Martín Caparrós, en su juventud partícipe de la experiencia de la UES, le dedicó a Benjamín Dricas su primera novela publicada: “No velas a tus muertos”. Por su parte, en su documentado y muy bien ambientado texto: “Pibes. Memorias de la militancia estudiantil de los años 70”, Hernán López Echagüe lo recuerda así: “El Pato era un tipo que abrazaba y al que te daba ganas de abrazarlo, de tenerlo a mano, en la mesa de luz, para siempre de mueca pícara y barrial en la boca, a veces masticando de lado un escarbadientes. Reía mucho y en cada risa, risa que se le agitaba adentro, te palmeaba el hombro, el muslo, en señal de complicidad. Mas que de pato tenía el andar de un pingüino, la punta de los pies hacia afuera y un balanceo de hombros y cabeza hacia los lados”.