Roberto
Baschetti

Ferreyra, Lilia

Digo yo, Roberto Baschetti: “Estoy frente al injusto deceso ocurrido por una muerte cruel; el maldito cáncer de pulmón. El martes 31 de marzo de 2015, se llevó a una querida compañera a la que veía muy de vez en cuando, pero que siempre en sus apariciones y en sus procederes demostró ser una persona íntegra y leal con sus propias convicciones y con su historia militante. La última vez que nos cruzamos fue para estar juntos en un programa de televisión (grabado un 28 de diciembre 2013) que tiene Eduardo Anguita y donde con otros dos panelistas más –Hugo Montero y Roberto Vaca-, desgranamos historias entorno a la vida y la obra de su compañero Rodolfo Jorge Walsh (ambos en la foto que ilustra esta reseña). Pero yo la conocía de mucho antes. Cuando en los ’80 hice mi libro “Rodolfo Walsh, vivo” la fui a ver a ella a su departamento de la calle México. Me atendió con deferencia y estudiándome a la vez, ya que era la primera vez que nos cruzábamos y lógicamente quería saber a quién tenía adelante y para que había ido a verla. Parece que aprobé el semblanteo lógico y la presentación de rigor, ya que luego de estar sentados frente a frente un rato charlando, se levantó de su silla, siempre con el cigarrillo prendido que la acompañaba a todos lados y me dijo que la siguiera hasta una estantería cercana donde en su parte superior había una caja que me hizo bajar aprovechando mi altura. Me aclaró que no la abría desde muchísimo tiempo atrás, desde la muerte de Rodolfo –con quien compartió los últimos 10 años de su vida-, y que seguramente allí iba a encontrar cosas útiles para mi libro en gestación. Su generosidad y su confianza me llegaron inmediatamente al unísono, a través de sus ojos verdes llenos de dulzura y dolor a la vez. Recuerdo que ‘a posteriori’ en un segundo encuentro, le leí el prólogo que había escrito y tenía ‘in mente’ para ese libro y ella con rigurosidad estética e histórica, me hizo ver la inconveniencia de ciertas apreciaciones que yo volcaba y que me llevaron a rearmar el mismo; y eso fue un acierto que se lo debo a únicamente a ella”. Vamos ahora, a los datos biográficos que pude reunir de esta mujer que solía bailar el tango como ninguna. Nació en Junín, provincia de Buenos Aires, un 26 de mayo de 1943. Lilia Ferreyra –maestra y profesora de piano- provenía de “una familia de clase media baja pero instruida” (así gustaba decirlo): padre empleado administrativo y delegado peronista; madre maestra. Fue estudiante de Letras en tanto trabajaba en una fábrica –donde conoció trabajadores peronistas y ya nada fue igual en su vida- y que en 1966 llegó a la gran metrópoli, a Buenos Aires dispuesta “a ser una revolucionaria”, nada menos. Al año siguiente conoció a Walsh. Trabajó en la editorial “Jorge Álvarez” y como periodista en el diario “La Opinión” de Jacobo Timerman, donde también fue militante, al formar parte de la Juventud Trabajadora Peronista en el gremio de Prensa. Y con Rodolfo estuvieron también juntos en aquella experiencia única que fue el diario “CGT”, de la CGT de los Argentinos. Cuando la Marina de Guerra, miserablemente en guerra contra su propio pueblo, mató a su compañero, un 25 de marzo de 1977, debió partir al exilio. Primero en Brasil, luego largamente en México. Al volver a la patria retomó la faz periodística consiguiendo trabajar en “Página 12” donde supo ser secretaria y mano derecha de Horacio Verbitsky y luego estar a cargo del suplemento de “Turismo” en ese mismo matutino. También participó de ese resurgir de intelectuales comprometidos con la causa nacional y popular que fue y es “Carta Abierta” y fue funcionaria en un organismo de DD.HH. (titulado: Ente Público Espacio para la Memoria y para la Promoción y Defensa de los Derechos Humanos). “Rodolfo te escucharon” dijo emocionada, cuando aquella famosa “Carta abierta a la Junta Militar” que escribió Walsh en soledad, un 24 de marzo de 1977, fue instalada en catorce paneles de vidrio a metros del ex casino de oficiales de la ex ESMA y que vale recordar, misiva que ella ayudó a repartir para que se conociese en plena dictadura. Una vez fallecida a la edad de 71 años, Lilia fue velada en la Biblioteca Nacional y luego sus restos fueron trasladados a una ambulancia que se dirigió a su Junín natal en provincia de Buenos Aires. Al momento de partir la misma, los presentes la despedimos con un fuerte aplauso sostenido, en que se resumían el respeto, cariño y aprecio que ella supo ganarse en vida.