Roberto
Baschetti

Guzmán, Margín del Carmen

“El Viejo”. Fue un legendario militante de la primera Resistencia Peronista. Como tantos otros compañeros hizo escuchar su voz de excluido del sistema, a fuerza de caños y explosivos; uno de ellos, por ejemplo, fue colocado en el domicilio particular del ex Jefe de Policía de la autodenominada “Revolución Libertadora”, capitán de fragata Aldo Luis Molinari, el 10 de agosto de 1959. Hasta lo acusaron de querer hacer volar por los aires el Cabildo en 1960 durante los festejos del sesquicentenario; cuando lo detuvieron en esa oportunidad luego le encontraron panfletos y volantes con estas consignas: “Fuera yanquis. Viva la Patria. Viva Perón. Uturuncos. Argentinos al combate. Viva Evita. Vendepatrias. Cipayos tiemblen. El pueblo en armas traerá a Perón”. Y como siempre, el tiempo, a veces, trae precisiones y desnuda las falsedades. Héctor Menéndez, cuyo padre Abel estuvo ligado a los grupos de la Resistencia Peronista, me cuenta que el “caño” no era para el Cabildo como quiso hacer creer el sistema para desacreditarlo, sino para el Hotel Nogaró, a metros de aquel, donde se alojaba “La Misión del Club de París”. La idea era disuadirlos del “préstamo” al gobierno entreguista de Frondizi, lo que generaría un perjuicio al pueblo argentino, como realmente ocurrió una vez más. Asevera Juan Mendoza en su libro “El guerrero de la periferia” con respecto a este hombre legendario: “Magín ya había pasado los 50 años. Oriundo de Tucumán y de oficio albañil había vivido toda su vida entregada al peronismo. Morocho, de ojos rasgados y abundante cabellera, lucía unos anchos bigotes que sobrepasaban la comisura de su boca. El cariño y el respeto que le tenían todos los vecinos en su barrio, La Tablada, también se extendía a muchos otros barrios de La Matanza. Curtido en la etapa más rudimentaria de la Resistencia, pasó a convertirse poco menos que en una leyenda debido a su temeridad. Pero los que lo conocían, también sabían que su corazón iba a la par de su valor. Era un hombre de pocas palabras, tal vez un poco parco, pero que sabía escuchar y también aconsejar. Siempre fue pobre, y siempre también, procuró mantenerse nada más que con lo necesario para vivir”. Fue preso durante el gobierno de Frondizi ya que le aplicaron el Plan Conintes. Pasado el período de la resistencia artesanal, sumo su esfuerzo a las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP). Allí una vez más descolló por su valentía, aunque le costaba adaptarse a la parte teórica del asunto. Él era un hombre de acción cien por ciento, no había que pensar tanto las cosas sino hacerlas, sacarlas, llevarlas adelante. Fue famoso por haber desarmado a un policía con un apriete, “de boquilla” amenazándolo con un revolver que portaba…descargado. César Marcos (ver su registro) recordaba siempre con una carcajada, aquella vez que participó de una reunión clandestina organizada por Guzmán, que le había dicho que ésta era súper secreta. Cuando llegó al lugar, un departamento semi-terminado que Magín pintaba para ganarse unos mangos, había ochenta personas adentro esperando para que comenzara el conclave. Pasaron los años y la fe peronista de Magín del Carmen Guzmán siguió intacta, siempre decía que la insurrección popular era el único camino para lograr con éxito, el regreso de Perón a nuestra patria. Cerca de su casa, en el ya mencionado barrio de La Tablada, organizó la Unidad Básica “Juan José Valle”. Vuelve a tomar la palabra Mendoza: “Allí no había que convertir políticamente a nadie. Para la mayoría de los habitantes de La Matanza, el peronismo era un sentimiento profundamente arraigado en sus conciencias. Estaban forjados culturalmente por ese Movimiento; su opción por Perón no era intelectual, sino puramente emocional. Ese gigantesco territorio de calles de tierra, casas bajas y techos de chapa, baldíos y alambrados, lo poblaban dos generaciones atravesadas por la misma pasión. Hombres y mujeres que pasaban los 50 años, esos que se definían ‘peronistas de Perón’; y sus hijos, jóvenes que iban de los 20 a los 30 años, que solo habían conocido la prohibición de lo que habían elegido, una prohibición que ya llevaba 16 años. Por eso para la gente de La Matanza no había muchas más vueltas que darle: tenía que volver Perón: ese era su mayor anhelo. Mientras tanto, había que sobrevivir. Y no les era nada fácil, porque no solo eran peronistas en medio de una dictadura que no cesaba de hostigarlos, sino que además eran pobres. Pero también eran muy celosos de su lugar de pertenencia y solo dos cosas se consideraban una deshonra: ser gorila o policía. Después, todo podía charlarse, porque, en definitiva, eran todos compañeros”. Magín era considerado casi un patriarca en La Matanza. Cuando se adentraba a caminar los barrios, todo el mundo salía a saludarlo y ofrecerle su hospitalidad. Siempre. Sé que él ya falleció, lo que no sé, es ni cuándo ni dónde.