Roberto
Baschetti

Machi, Horacio Roberto

“Martín”. “Oicaro”. Horacio Roberto Machi, siempre se reía a carcajada limpia y le recordaba a su madre, que ella se había puesto su mejor traje y un ramito de orquídeas en el pecho, para marchar por la avenida Santa Fe junto a otras “señoras paquetas”, en septiembre de 1955, cuando había caído el “tirano” de Perón…. Horacio era hijo de un empresario en el rubro de las publicaciones periódicas. Se recibió de bachiller en el Colegio del Salvador, con los sacerdotes jesuitas, en 1965. “El Bebe” Machi era un eximio gambeteador y pisador de pelota en patio. Amante de los Beatles hasta el punto de ir por horas, silbando “Yellow Submarine”, sin parar, por las calles de Buenos Aires, calzado con sus inseparables mocasines; también gozaba leyendo las tiras de Mafalda y disfrutando películas en el cine Lorca de la calle Corrientes. Su íntima amiga, Mirta Clara (ver su registro) lo recuerda como “hincha fanático de River compartió este metejón con su búsqueda imparable de una mujer similar a la modelo ‘top’ de la época, Veruschka, hasta que la conoce a Nora Patrich lo que logra cambiarles la vida a ambos, a través de la pasión militante”. Comenzó su militancia en la Corriente Estudiantil Nacional y Popular (CENAP), de la Facultad de Arquitectura y luego se incorporó a las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR). Más bien flaco (de ahí su otro seudónimo en joda: “Tarzán”), peinaba para atrás con fijador su melena rubia y con esa inconfundible impronta, en donde resaltaba su mirada profunda de ojos claros, andaba de un lado para otro organizando a la Juventud Universitaria Peronista (JUP), de la que llegó a ser parte de su Conducción Nacional. Intervino en varias acciones armadas de su organización Montoneros y su viuda aún recuerda con nostalgia y una sonrisa aquella vez que Horacio con otros compañeros se estaban “levantando” un auto de la calle y cuando iban a arrancar, al mismo momento que venía corriendo su dueña, vieron que adentro del vehículo dormía un bebé. La madre como loca se metió adentro del auto de prepo y les tiraba de los pelos a los compañeros, pero se tranquilizó cuando estos le aclararon que no querían llevarse al bebé, entonces, créase o no, la señora con gran alivio, les prestó el auto que devolverían con una carta avisándole donde quedaría estacionado luego del operativo. Horacio Machi debido al grado de compromiso que tuvo con su organización revolucionaria, fue uno de los responsables máximos en la custodia de los Hermanos Born, en tanto estos resultaron cautivos de Montoneros hasta el pago de un rescate. De esa experiencia inigualable que lo tuvo como protagonista, recupero algunas frases sentidas que hizo llegar a su compañera embarazada (Nora) del primer hijo de ambos, al saber que debía permanecer en la guardia unos días más a los previstos, al no presentarse el relevo: “Hoy cuando me enteré que recién volvía el lunes me agarré una bronca muy grande (creo que hasta tenía ganas de llorar). Pensaba en como se relativizan las cosas que son tan importantes para uno, y que generalmente no se toman en cuenta, en lo difícil que es diferenciar lo que son nuestras debilidades de aquellas que son realmente importantes, tanto para uno como para el conjunto; en el difícil camino de la construcción de un hombre nuevo distinto, formado en valores nuevos (y en general todo lo refiero a nuestro hijo Nicolás). Es que, si no somos capaces de modificarnos a nosotros mismos y de formar a nuestros hijos, mucho menos lo seremos de construir una sociedad diferente”. Horacio Machi murió en combate como militante peronista y montonero, en Rosario, el 1° de marzo de 1977, el mismo día que su hijita Laura cumplía dos meses de vida. Para entonces era oficial de esa organización político militar y responsable máximo del frente estudiantil de la Columna, por lo que estaba a cargo entonces, de la JUP y UES conjuntamente. Resistió en una vivienda todo lo que pudo, teniendo a raya con disparos, a la patota asesina del comisario Agustín Feced. Debieron llamar refuerzos y bombardear la casa, que además se empezó a inundar por la rotura de los caños. Horacio guardó las últimas balas que le quedaban para morir dignamente y por las dudas también se tomó la pastilla de cianuro. Su valentía lo hizo merecedor de la medalla “Fernando Abal Medina” al héroe caído en combate. Lo sobreviven, su ex esposa, Nora Patrich y sus hijos ya mencionados Laura y Nicolás. Laura reside en Vancouver, Canadá y dedica su vida a la educación de chicos discapacitados. Nicolás reside en Carolina del Norte, EE.UU. y trabaja en la creación y adaptación de prótesis de extremidades a quienes carecen de ellas. Nora me hace partícipe de un pensamiento en voz alta: “Él (Horacio) estaba dispuesto a dar su vida por mi y yo estaba dispuesta a darla por él, aún así no pude superar por muchisimos años el hecho de que él murió y yo no pude dar mi vida por él… No se si se podrá entender esto, pero así fue. Lo único que me consolaba fue que quedé viva por mis hijos, porque para hacer la revolución él era más valioso que yo…. pero también creo que además que yo estaba dispuesta a morir por él por como lo amaba, también estaba dispuesta a morir por mi pueblo, por la revolución, por el cambio, por esa sociedad más justa, igualitaria y digna. Una última reflexión: con Horacio me sentía amada y respetada y sé muy bien que él sentía lo mismo…. y sé que hizo todo para preservarme a mí por nuestros hijos, ya que él creía que por los chicos yo debía quedar viva”. La casa donde cayó Horacio, quedaba en Fragata Sarmiento 4848 esquina Riccheri. El abogado de Derechos Humanos que actualmente sigue la causa no puede entender como se fue a vivir justo allí: 4848, dos veces “el morto qui parla” en la jerga quinielera…. El 13 de marzo de 2010, en Rosario, a una cuadra de la vivienda donde perdió la vida Horacio, sobre un paredón, el Colectivo de Ex Presos Políticos y Sobrevivientes de dicha ciudad, le brindó un sentido homenaje. Su viuda Nora, pintó un mural alegórico, ayudada por muchos pares de manos anónimas que no quisieron estar ausentes en ese trascendental momento, en el que no faltaron los recuerdos ni la consabida ronda de mates.