Roberto
Baschetti

Sánchez, Miguel Benancio

Nació en Bella Vista, Tucumán, el 6 de noviembre de 1952 y fue el hijo menor de una familia de diez hermanos. Con 17 años arribó a la Capital. Fue secuestrado por un grupo comando militar el 8 de enero de 1978 a las tres de la madrugada, en su casa de la calle San Martín 176, Villa España, partido de Berazategui, provincia de Buenos Aires. Ocho tipos de cabello cortito se lo llevaron con los ojos vendados en un Ford Falcon gris, sin dejarle que le diera siquiera un beso a su madre angustiada. Tenía 25 años y estaba empleado como ordenanza en el Banco Provincia. Allí lo conocían como “El Correcaminos”. Es que era deportista federado. Maratonista. Había corrido tres veces la San Silvestre y lo entrenaba ese mítico atleta que fue Osvaldo Suárez. Para eso se levantaba todos los días a las seis de la mañana y antes de ir a trabajar, se entrenaba en el campo de golf de Ranelagh. Que era bueno en lo suyo lo testifican los 50 trofeos y 36 medallas que aún hoy atesora una de sus hermanas. También Miguel escribía mucho, con faltas de ortografía, pero eso no lo amilanaba. Hasta poemas escribía. Uno que hizo poco antes de su desaparición, concluía así: “Para vos atleta, que recorriste pueblos y ciudades uniendo Estados con tu andar. Para vos, atleta, que desprecias la guerra y ansias la paz”. A partir del 2000, todos los años, se celebra una competición en su homenaje que lleva por nombre “La Carrera de Miguel”. La primera edición fue en Roma, Italia y se anotaron diez mil personas. También su pueblo natal de Bella Vista, ya tiene una plazoleta con su nombre luego de una decisión unánime del Concejo Deliberante local. Y en el Parque Sarmiento de esta Capital, existe la pista de Atletismo “Miguel Sánchez”. Y también su homenaje, ya hay una calle con su nombre y es el tramo de Crisólogo Larralde frente al Cenard (Centro Nacional de Alto Rendimiento) , que va desde Avenida del Libertador hasta Avenida Lugones en Capital Federal, barrio de Nuñez ¡Ah…! Casi me olvidaba. Miguel Sánchez fue “desaparecido” por militar a la vista de todos, en la Unidad Básica de la Juventud Peronista de su barrio. Con pasión, con rabia, con amor para cambiar este mundo tan injusto y ajeno para tantos como él. Su amigo Beto Díaz siempre recuerda cuando fueron juntos al velatorio de Perón en julio de 1974 y como quedó impactado por que Miguel lloraba desconsoladamente. Otras personas que lo conocieron afirman que también militó en la Juventud Trabajadora Peronista (JTP) en el Banco Provincia.